Árboles y pudor espiritual

Coleccionamos relojes, pulseras, monedas… sellos de la ultima colección de filatelia. Y los que llevan miles de años a nuestro lado, los árboles… los talamos…

 

Hoy, al salir de clase de canto, como tenía tiempo hasta el ensayo para el desfile, me he parado a deambular por el lugar (el Castro, en Vigo).

Ante la riqueza de tan acogedor monte urbano, recordé entonces que tenía una tarea pendiente: Elegir mi árbol. Un árbol escogido por mí con el que conectarme a la tierra. Nos lo habían aconsejado en un taller de meditación con la naturaleza. Según nos contaban, una vez que escogías tu árbol, meditar a los pies de otro de la misma especie en cualquier lugar del planeta nos haría conectar con el primero.

 

Yo no sabía aún cual escoger… Pero entonces, lo vi: un pino manso.
Era ese: un tronco bello, una copa redondeada también… como aquel pino manso (el único) que se ve desde mi casa… desde de mi habitación.

 

Me senté entonces junto a él. A sus pies. O, más bien… a sus raíces, después de acariciar y apreciar con detalle su robusta corteza.
¿Cuantos sucesos habrán presenciado estos árboles? ¿Habrán servido de refugio a los maquis? ¿Habrán visto a mis tatarabuelos pasear enamorados por delante de ellos? ¡Quizás alguna guerra mundial!
Fue entonces cuando pensé:

Qué burrada coleccionar monedas, sellos (una servidora) de épocas atrás, todo cosas que el hombre puede fabricar. Y los árboles, esa magnífica, espléndida y perfecta obra de la naturaleza (anteayer vi una especie por facebook que tenía mil tonalidades)… A ellos no se nos da por coleccionarlos y salvaguardarlos, sino por derribarlos, quemarlos… o talar.
No pasaba mucha gente por allí, por eso tampoco me daba mucha vergüenza sentarme a meditar.
Cerré los ojos.

Cuando los abro, veo a un chico que busca también su sitio entre los árboles (y no… no soy ingenua y era en realidad para miccionar).
Buscaba un árbol como yo. Porque se sentó en un tronco que estaba cortado. Se descalzó. Caminó por la hierba como buscando algo. Abrazó un árbol e hizo ejercicios de cara al sol. Hasta me apareció ver que se emocionaba con lo del abrazo.
-Anda, ¡otro como yo! – pienso, aliviada de ver que no era la única socialmente “tarada” y que iba abrazando árboles por ahí.
Lo cierto es que vivimos en una sociedad en que, si bien antes era tabú el sexo y se espantaban ante un beso en público con facilidad, hoy en día asusta la espiritualidad. Se nos tacha de locos, pirados o jamados a los que creemos en que hay algo más.

Allá cada uno con su verdad. Yo tengo la mía y es también de respetar. Pero lo cierto también como verdad irremediable, es que nos hemos vuelto coleccionistas de lo material, anillos, pulseras, dispositivos electrónicos, móviles, coches, ropa y demás, buscando colmar un vacío difícil de saciar.
¿Y si nos pudiésemos llenar más de nosotros en su lugar?CIMG6453