El placer de la coma

Siempre me ha gustado escribir. Ya desde pequeña tengo la costumbre de acumular hojas, folios y trocitos de papel con anotaciones de frases que leo o que se me van ocurriendo.

El otro día, escribiendo a un antiguo profesor, recordé el placer de la coma.

Recuerdo un día a principios de carrera, recién salida del instituto. Estaba escribiendo un e-mail a dicho profesor sobre cómo me iba en el mundo recién estrenado de la universidad. Yo repasaba el texto escrito, lo leía y releía, modificaba y volvía a releer.
Mi compañera de clase, que estaba en el ordenador de al lado, me dice:
-Lucía, llevas una hora para escribir cinco líneas de e-mail y… básicamente, lo que has cambiado es una coma por un punto y coma… ¡o al revés!

Sin hacerle mucho caso, yo seguía con lo mío, y es que aquello para mí tenía su punto. O, mejor dicho, su punto y coma:
-Pero Sara, ¿cómo te suena mejor? Así… ¿o como estaba antes?

Es verdad… me daba placer repasar y volver a repasar, la pequeña diferencia de matiz que puede significar, una coma, un punto, o nada en su lugar.

Y es que escribir bien tiene su importancia. Es difícil hoy en día, lo sé. Con tanto e-mail, correo y whatsapp, hemos tirado la ortografía por la ventanilla, de tanta velocidad. Y va a ser difícil de recuperar. Lo digo yo, que siempre se me ha dado bien esa asignatura en el instituto… y hoy en día, ya dudo de tanto ver por escrito “ai”, “hechar” o “vamos haber”. No me refiero a escribir en vez de “qu” una “k”, porque eso sabemos cómo se escribe en realidad, que no es frecuente en castellano y que se hace por abreviar. El problema para mí consiste en escribir cosas que podrían llevar a los demás a equivocarse, como en el tema de bes y uves, haches o no haches, y que hacen que se vaya fijando en nuestra mente la imagen de la palabra escrita incorrectamente. Y es que muchas veces no pensamos en quién nos va a leer.

Sin ir más lejos, justamente ese mismo día, tras el breve episodio recordatorio, estaba leyendo en alto un compañero de clase un texto al que le faltaban las comas, cuando exclama molesto:

-Pero esto, sin comas… ¡qué incómodo se hace al leer!

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