Viaje iniciático I: De la Bobia a tu corazón

 ¿Quién dijo que la espiritualidad era aburrida?

Estaba yo en clase, cuando recibo un correo de mi amiga Cristina, quien quiere montar su propio centro de Terapias Alternativas.

Se trataba de una invitación para un “Encuentro de Hermanas de la Tierra”, con motivo del Equinoccio de Otoño.

¿Y qué es un encuentro de Hermanas de la Tierra? Pues a aquellas alturas todavía no os hubiera podido decir, ya que nunca había ido a ninguno. Sin embargo, el contenido del cartel me generaba una gran curiosidad y ganas de asistir. Indicaba lo siguiente:

Este es un encuentro de Sanación y Saberes Femeninos Compartidos,
de danzar, conversar y cuidar a la mujer que somos y queremos Ser.

Te invitamos a un retiro mágico entre mujeres para Crearte y sanarte a ti misma, para nutrir tu alma, despertar y mimar tu cuerpo.

Un camino de vuelta a lo profundo femenino, a la madre tierra, visitando lugares sagrados y reconectándote con tu poder interior.

Celebrando,
Bailando,
Cantando,
Creando… el mundo que nos gustaría Ser.

Viernes: Celebración de Luna Llena y laberinto de Luz.

Sábado y domingo: Visita de lugares sagrados, Renacimiento como mujeres conscientes, Despertar de la energía del dragón… y mucho más

Lugar: En la frontera entre Lugo y Asturias (Zona de la Bobia)

Mujer, es tiempo de retomar la alegría, de compartir, de reír, de bailar…
de volver a Ser mujeres de la Tierra, salvajes, libres y felices…”

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Desde luego, andando en esto de meditar, tenía una pinta bastante irresistible, así que decidí llamar a la chica que lo organizaba, Myriam…

Myriam me pone en contacto con unas chicas de Pontevedra que también iban a ir. Así podríamos ir en un mismo coche.

Y aquí empieza la aventura… ¿Alguien dijo que la espiritualidad era aburrida?

El viaje (y la estancia en general) fue tan divertido que ¡quién diría que nos íbamos a una retirada espiritual! Y es que una de las chicas que asistió, Karol, es mucha Karol…

La conocí apoyada a la pared del Mercadona, en donde quedé en irla a recoger. A ella y a su niña, Coti. Después de meter las cosas en mi coche, acomodamos a la niña en su sillita y nos vamos a por el resto de compañeras.

Con su simpático acento venezolano, cuenta Karol, mientras esperamos a su amiga:

-Ay, yo no puedo llamahla, no tengo móvil.

– ¿Y cómo te comunicas? –le pregunto, llena de curiosidad.

-Llamo dehde el de mi marido cuando ehtoy con él, y si no nada pueh. Yo no tengo móvil ni whatsapp y sigo viva igual, y no pierdo tiempo que podría pasar leyendo un libro o quedando con mis amigas.

En esto que me doy cuenta de un “pequeño” detalle y pregunto intrigada.

-Oye, ¿¿y tu niña lleva al retiro la tablet??

A lo que responde, con su simpático acento:

Ay claro…. ¡pueh imahínate que se le muere el Pow!!

Jajajajajaja

Para los de mi época, el Pow es un tipo de Tamagotchi en el móvil que tienes que limpiar y cuidar y con el que jugar diariamente para que no se “muera”. Anda que…

Pero le pregunté el por qué y el planteamiento estaba bien:

Ella no usa móvil, y pretende demostrar a sus hijos y marido, que sí son adictos a la tecnología, que sin ellos se vive igualmente bien, o mejor.

Nos contaba también, hablando del Chi kung (un tipo de práctica similar al Taichi) que al marido le entró la curiosidad por saber qué significaba este término y fue al bazar de abajo a preguntarle al chino. Y el chino, en vez de “aire” decía como podía:

Chi kung… ¡Aile aile! ¡¡LESPILAL!!
Jajajaja

Yo iba conduciendo y me partía de la risa. En esto que llegamos a una zona cuyo nombre temo no recordar, y aprovechamos para tomar nuestro manjar (eran ya las 3.30 de la tarde).

Bajamos del coche, vamos al maletero a coger las cosas para comer, y veo a una de las chicas saliendo del coche con un pepino en la mano y un cuchillo.

-¿¿Te estabas preparando la ensalada en el coche?? –Pregunto asombrada. ¡¡Con lo impráctico que es!!
-¡Qué va! ¡¡si el pepino es super práctico!! Ya lo llevaba conmigo para luego no tener que andarlo a sacar del maletero con todos esos trastos.
-Jajajaja.

Y después no sé qué problema tenía Karol que decía que yo conducía mal, ¡desde luego!:

Es que venir con esta en coche… menuda. Eh la tercera prueba del programa este que hay de desafíos: El primero eh comer bichos, el segundo no sé lo que y el tercero subir en coche contigo…

-¡Oye! ¡¡Tú métete conmigo!! ¿Quieres volver a Pontevedra andando verdad? -Digo amenazante, en broma.

-…¡Vale! ¡Aprovecho para haser el camino de Santiago!

-Jajaja.

Pero ella seguía atacando, a pesar de arriesgarse a volver de Asturias andando:

-Tú si tienes un enemigo no temas ¿Tienes alguien que te caiga mal? ¡¡PUEH CONDÚCELE!!
-JAJAJAJAJAJAJ

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Myriam, Abi y el laberinto de luz.

Después de varias horas de trayecto, disfrutando de los paisajes y de perdernos (bueno lo de perderse ya no lo disfrutábamos tanto) llegamos al estuario del río Porcía, donde se iba a celebrar el primer encuentro.

Aparcamos y bajamos del coche.
Delante de nosotras, una furgoneta, un río y un bosque.

Viene a recibirnos un pequeño niño rubito de ojos azules, muy alegre y vivaz. Detrás de él, se acerca una chica de pelo liso, rubia, morena de piel, de ojos azules, que nos saluda.

Myriam era una mujer mística, mágica, indígena, espiritual, que posteriormente nos llevaría de la mano en cada ritual, por medio de su voz dulce, melodiosa, que te llevaba a la ensoñación con sus narraciones… y con cada canción.

Abi era su hijo, un niño lleno de vitalidad durante el día y, como todo niño, lleno de sueño por la noche, pero que a pesar de estar medio dormido en el regazo de su madre, es capaz de despertarse para preguntar cuando la ve abrir su saquito de piedras:

-¿De dónde has sacado esa amatista tan bonita, mamá?

Al parecer Myriam no lo llevaba a la escuela, pero Abi (que se llama en realidad de otra manera, pero que significa igualmente “abedul”), parecía conocerse el bosque como la palma de su mano. El bosque y también el río, las plantas, setas, árboles y piedras. Como si hubiese nacido y crecido allí. También juega y se entretiene mágicamente con palos, bichitos y piedras (a día de hoy esto es mágico, un niño que no se aburra si no tiene delante una Play).

Por todo ello lo llamábamos a veces “pequeño Mougli” como el del Libro de la Selva, con su media melena lisita y alborotada.

Además de eso, Abi demuestra para mí una gran madurez para su edad. Sabe respetar. Corre, ríe y juega y salta pero…cuando nos ve serias, meditando en círculo, sabe que debe callar. Sabe que ahí no puede bromear ni alborotar. Conoce a su madre y está acostumbrado a lo que ella hace. Me pregunto cuántos niños de su edad saben estar en silencio sin que los padres se lo tengan que indicar. Me pregunto cuántos de 9, cuántos de 15 o incluso 20.

Myriam por su parte, transmitía paz y serenidad en todo lo que hacía. Quise preguntarle cómo era tan mágica… pero no me atreví.

Esto es lo que viví con ella esos días… y relato a continuación.

El laberinto de luz y la arboleda de los druidas

Atravesamos pues el pequeño tramo de río para dirigirnos a la arboleda en donde íbamos a realizar el ritual (¡dicho así suena mal!). El agua estaba bastante fría, y con las piedras se hacía difícil cruzar.

Tras un par de viajes llevando bolsas, sacos de dormir y demás cosas, escucho a Karol:

-Se me cayó la cámara en el río. Mi marido me va a matar…
¡Pero bueno! –
continúa, con una mezcla entre resignación… y alivio- Es la cuarta que le estropeo… ¡malo será!

(Qué paciencia debe de tener ese hombre ¡mimá! Jajaja)

Una vez que terminamos de transportar todo, mientras los que habían llegado antes preparan el “laberinto de luz”, dibujando el contorno con arena en el suelo y cubriéndolo con velitas de té, otra compañera y yo nos vamos a bañar al río.

Uf…después de tanta conducción estresante, ¡qué menos que un bien merecido baño relajante!!

Cenamos algo ligero (este tipo de eventos siempre me dan ganas de comer sano, es gente que lleva tomatitos de la huerta, pan con pasas, o nueces, tortilla vegetariana…)

Y por fin empezamos el ritual.

Se trataba, no de nada raro, sino simplemente de un laberinto trazado en el suelo, formado por velitas de té. Al recorrerlo, de afuera hacia dentro, supuestamente estaríamos recorriendo el camino hacia nuestro interior, de escucharnos a nosotros mismos, de escuchar nuestra verdadera voz.

Y en cuanto al lugar, se había escogido aquel porque antiguamente había una arboleda donde se reunían druidas celtas.

Le sacamos unas fotos al laberinto, que con el efecto de las velitas en la oscuridad parecía…

¡¡Un platillo volante!! –Salta Karol- Llama a Iker Casillas…
No Iker Casillas no -se corrige-… ¡Jiménez! ¡¡Iker Jiménez!!!
-JAJAJAJA.

Después de recorrer el laberinto en silencio, cantamos varias canciones. Una de ellas, era en un idioma raro, como si fuese indio o tribal. Yo escuchaba a Myriam y a otra compañera que también organizaba, María, y la canción era tan bonita, transmitía tanta belleza, que la intentaba como podía, seguir.

Al finalizar, me pregunta Myriam:

-¿Conocías esa canción?
-No…
-Pues yo creo que sí, no la cantaste porque sí. Cuando te oí cantar, te la sabías…
-No la he oído nunca.
-Quizás no lo recuerdas, pero
esa canción está dentro de ti.
-No lo sé. A mi madre y a mi abuela les encanta bailar y cantar… ¡quizás las cantaban mis ascendientes druidas! Jajaja.
-Quizás…

Al finalizar de cantar y bailar a nuestras anchas en la hierba, entre los árboles y bajo la luna, aunque se estaba super bien… yo me moría del sueño.

-Chicas ¿qué hacemos? ¿Cogemos el coche para ir a la cabaña o nos quedamos a dormir en el bosque al lado del río?

Es que atravesar ahora ese río, de noche, frío…
Y Karol:
-Por mí nos quedamos mejor a dormir aquí… total entre esto y dormir en una cabaña sin luz que es como dormir en un bosque… ¡si aún me dijeran que nos espera una suite con jaccuzi y relax!

Así que instalamos las tiendas y nos quedamos allí a dormir al abrigo de los robles.

Por la mañana me costó un montón levantarme. Escuchaba el ruido de las compañeras recogiendo, pero me dolía todo el cuerpo, ¡y eso que había llevado colchón hinchable! Seguramente la conducción me había cansado bastante.

Recuerdo de esa mañana que una compañera, Lúa, me abrazó. Nos acabábamos de conocer el día anterior y en cambio, el ambiente y las personas que me rodeaban transpiraban una gran ternura, comprensión y afectividad. Y es que dijo que no todo el mundo le inspiraba para dar un abrazo, pero yo sí. Además al ser la pequeña me sentía super arropada por aquellas “hermanas grandes”.

Mientras las chicas desayunaban calentando el té en la furgoneta de Myriam al otro lado del río, me dediqué a explorar la zona en soledad, tocando, abrazando, besando la corteza de los árboles y recostándome sobre una rama super cómoda que había descubierto la noche anterior. Me dejé estar.

Pero llegó el momento de marchar…

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Caminar descalza, pisar con confianza.

Nos dirigimos entonces a la cabaña, propiedad de un amigo de Myriam, construida con piedras del lugar y muebles de madera la mayoría de los cuales habían sido realizados por él mismo, desde los taburetes al pasamanos y las escaleras.

Preparamos la comida compartiendo entre todas y por la tarde nos vamos a realizar el ritual en el mismo río que la noche anterior pero más arriba, hacia su nacimiento en las montañas.

Al llegar, después de casi dos horas en marcha, Abi sale disparado de la furgoneta de su madre:

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ QUÉ GUSTO!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Pero qué riquiño es, jajaja.

Lo que íbamos a realizar esta vez consistía en una “Bendición de útero”, un gesto mediante el cual representábamos nuestro nacimiento desde el útero de nuestra madre, tumbándonos encogidas en el suelo, en contacto directo con la hierba, y siguiendo un camino de pétalos de flores hasta el río, en donde Myriam nos esperaba para untarnos con aceite de flores en la frente, como cuando te bautizan.

¿Y para qué todo esto? No sé explicarlo bien al 100% pero por lo que aprendí, se trata de armonizarnos, de llenarnos de paz, de reconectarnos con nuestro origen, con nuestro nacimiento, con la madre tierra, de dónde venimos, bendecirnos con el agua del río… y sobre todo, de sentirnos libres, auténticas, de despojarnos de todo lo de fuera… y descubrir quiénes somos… Sólo sé, que poniendo nuestras manos a la altura del corazón de cada compañera, sobre el pecho desnudo, comunicándonos en silencio, con la mirada, sin saber por qué, era difícil no llorar.

Nos bañamos en el río super helado, mientras cantábamos y gritábamos como indias, (como indias al estilo peli de vaqueros, au au au auuuu jajajaj ¡¡quién nos viera!!)

Es difícil quitarse la ropa ante desconocidas. Pero es más difícil todavía, quitarse los prejuicios. Caminar descalza, pisar con confianza (en todos los sentidos). Sin miedo al daño. Aullar…

Mientras, el pequeño Abi y la hija de Karol, Coti, se divertían intentando hacer fuego golpeando dos piedras (¡llegaron a provocar olor a chamusquina!)

Nos secamos, recogemos todo y nos vamos a ver la catarata, en donde nos sacamos fotos sobre las piedras y nos lo pasamos genial tocando el tambor, con el sonido del agua, jugando al tronco con los niños (te acuestas en el suelo, ellos se te sientan encima, sobre tu espalada, y tú te giras sobre ti misma, haciéndolos caer… ¡les encanta!) Y más todavía cuando te descubren las cosquillas, ¡se partían!

Yo me escondía y ellos se morían por hacérmelas, y Abi exclamaba todo ilusionado, tan vivo que todavía ahora recuerdo su juguetona sonrisa:

-¡A tope tamboristas! ¡¡¡A tope cosquillas!!!!

¿Me podéis sacar una foto aquí, en esta piedra que parece un trono? -Pregunto a María.

-Y después dices que no sientes…-me contesta ella.

Y es que me quejo de que me cuesta concentrarme al meditar, de que no siento nada especial, ni ninguna energía ni brisa, ni calor, ni nada…

-Pero en cambio sientes algo -me decía María- los árboles te dicen algo, por eso los abrazas, compartes ese sentimiento con ellos. Me fijé esta mañana. Tienes una conexión muy importante con la naturaleza y esta te habla. Y lo de saberte la canción…

Y mira, sí que ves cosas: ves un trono de reina, donde otros ven una simple piedra… Tienes algo Lucía…

Se hacía de noche, así que volvemos a la cabaña.

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Atravesamos los pueblos de montaña, cubiertos por la niebla. Poco a poco, la vamos superando, y vamos apreciando el sol que se acuesta por el horizonte. Precioso no, INCREÍBLE.

Por una vez en todo el trayecto nos paramos a sacarle fotos al paisaje. Myriam detuvo su furgoneta en un mirador, desde donde podíamos apreciar el horizonte entero con toda la gama de colores del atardecer. Parece que aún lo llevase grabado en las retinas.

Entonces, junto con los niños, jugamos a adivinar las figuras que las nubes formaban:

-¡Mira! Aquella nube parece una ola que va a romper contra una roca ¡pero se queda parada!

-Y aquella otra un delfín. ¡Mira! ¡¡Una aleta de tiburón!!

Cuando nos volvemos a fijar al rato, ya había una manada (si es que se puede decir “manada de delfines”, jajaja).

-Chicas, ¡qué bien me ha quedado esta frase! -les digo leyendo mi móvil.

Y es que me había escrito un amigo apesadumbrado, diciendo que “no todo tiene solución”.

Imaginando que haría ilusión a la muerte, le respondo:

– Sí la tiene, depende del modo en que lo mires.

Y a continuación:

– Te mando la foto de la muerte de algo, a ver si eres capaz de verle lo bueno…

Y le envío la foto del atardecer que tenía en ese mismo momento delante.

-Pues… no caigo en la relación –dice mi amigo.

-Para que nazca algo bello –digo yo– algo debe morir, o mínimo… transformarse. Para dar lugar a un bello atardecer, el día debe morir.

A veces las cosas deben dejar espacio a las cosas. Nada muere, se transforma. Y se convierte en algo nuevo. Sólo que… depende de cada uno saber verlo.

-¿Y eso lo vas a subir al blog? –me preguntan las chicas. ¡Ya tienes 5 fans más! ¿¿eh??

-Pero ten cuidado con Ana…¡¡Que te quita a ti y se pone ella a escribir!!

Al seguir nuestro camino hacia la cabaña, conducía mi compañera, así que saqué los brazos abiertos de par en par por la ventanilla del coche, respirando el aire de la montaña, contemplando las estrellas con el cielo despejado, sintiendo felicidad y escuchando una canción en la radio que decía “No hay más…”

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Sábado noche en una cabaña en la montaña

Llegamos después de tan bello atardecer a la cabaña y nos ponemos entre velas a preparar algo de comer.

-¿Chicas sabéis qué sensación estoy teniendo aquí? –les pregunto mientras cenamos. ¡Que una buena cantidad de cosas me recuerdan a París! Por ejemplo los niños jugando a no caerse sobre mi espalda mientras giro como un tronco en el suelo. El hecho de caminar descalza por la hierba, como cuando se me dio por desconectar todo en mi estudio en París: nevera, lavadora, horno, móvil y portátil, y me fui a pisar la hierba descalza al minijardín…

Karol (ella tenía que ser):
Pues sí que tiene su aquel que digas que esta cabaña en la montaña tiene parecido con París…
-Jajajaja

-¿Os apetece hacer la meditación de Avalon?- Pregunta entonces Myriam.
-¿Qué es eso?
-Tengo que organizarlo primero, porque cada una hace el papel de una diosa.
-¿¿Sí?? –exclamo emocionada– ¡yo quiero ser una diosa! Jajaja.
-Tú ya eres una diosa – dice Lúa…
-Sí… ¡¡la diosa del volante!!
-Karol….
¡¡Prepárate para hacer el camino de vuelta andando!!

Le echamos un vistazo a unas cartas sobre poderes de animales que hay encima de la mesa. Cerrando los ojos, cojo una al azar y leo el animal que me toca, que supuestamente te debería identificar…

“El lobo”.
Mi carta decía así:

-Como lobo que eres, deberás difundir la enseñanza… mediante LA ESCRITURA a los demás para que encuentren sus caminos. El lobo es el que busca, el que corre delante y encuentra el camino. Es el maestro que aullando, cantando, enseña y da a conocer…

¡¡Mirad esto! ¡Soy lobo! ¡¡Dice que tengo que escribir!!!

-Pues ala, a aullar por ahí.

-No, a escribir, ¡a escribir! ¡No me lo puedo creer!!

Mientras Myriam prepara la meditación, me voy a ver las estrellas.

-Bueno, ¿cuando estéis listas me pegáis un grito?

-No, más bien te vamos a aullar.

-Jajaja, ¡pero tú no eres lobo que te salió que eras tigre!

Al volver, mientras nos colocamos en círculo para la meditación de Avalon, les pregunto:

-Bueno chicas, ¿qué nombres queréis que os ponga para mencionaros en mi relato?

-¿Vas a hacer un relato? Pregunta una de ellas.

-¿Y luego no ves ya todo lo que lleva escrito, que no para con la libreta???

-¡¡Yo ya tengo curiosidad!! ¡¡Voy a estar en facebook viendo lo que escribes!!

-¿No conoces la clasificación de los animalitos de facebook? Pregunta una entonces.

-¿Qué es eso?

-Pues yo soy el monito- dice una compañera. Ando por ahí saltando, presentando a todos “¡Ahí está el relato ahí está el relato!”

-Jajajaj ¿y qué más animales hay? –pregunto.

-El búho, que observa pero no lo ves. El panda “le doy a todo a me gusta aunque no lea nada”. Y el león: “yo voy a hacerlo mejor”.

Qué gracia me hizo, facebook y los animales jajaja.

En cuanto a la meditación de Avalon me pareció preciosa. Pero eso ya son cosas que hay que vivir, no se pueden escribir por aquí. Para resumir, sólo diré que se trata de visualizar imágenes femeninas, cada una con sus dones y talentos, y tú tienes que recrearte en el pensamiento de riqueza y abundancia de cada una de ellas, mientras te lo va narrando. Así por ejemplo, tienes a la diosa de la abundancia, la expresividad, creatividad, la de la libertad, la fertilidad, la sexualidad, la generosidad, la sabiduría, la protección. Es muy reparador porque visualizando, sientes que cada uno de dichos aspectos de tu vida.

Ya era muy tarde al terminar la meditación, así que nos fuimos a acostar, rendidas.

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Poesías en el jardín

A la mañana siguiente me despierto temprano, sobre las 8 calculo que serían. Aún no había salido el sol.

Me levanto, camino por la cabaña, el jardín… y empiezo a escribir:

Levantarte y apreciar el aroma de la madera

No sólo de los muebles,

También del suelo, techo y puertas.

Salir, y sentir el aroma del jardín, recorriéndolo,

De la albahaca, romero, lavanda, tomillo y menta,

Apreciar el naranja de las prímulas,

el amarillo, el verde, de las hojas de judía,

el rojo de los pimientos y tomates y de nuevo…

el amarillo intenso de la flor de calabaza,

recordar cuando en Italia las comías.

Las infinitas, minúsculas,

gotas de rocío,

sobre las hojas,

los campos, los helechos, el valle

la niebla, la cima de la montaña.

Oír pájaros, perros y un tractor.

Las campanas, los cencerros…

Bienvenidos a mi primer domingo en Asturias.

Sentarte en un columpio,

Como una niña, al viento.

Exclamar al resbalar ¡casi me la pego!

Descubrir en el suelo un pexego.

Zonas de luz y sombra en la montaña

Sí, nos marchamos mañana.

Y pensar que la semana pasada, os decía que sería feliz en una montaña,

Cultivando tomates, y mi alma…

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Sigo caminando por los alrededores de la iglesia, el parque y su jardín.

Recordando un gesto que había realizado una compañera en las pirámides en México con Jodorowsky, extiendo los brazos y pongo la palma de una mano hacia el sol, otra hacia la luna que todavía no se escondió, recibiendo la luz de ambos, y el calor.

Empezar a sentir,

Que dices lo que tienes que decir,

Que las cosas surgen en su momento

Que llegas cuando debes

Y marchas cuando te debes ir.

Que tomas las decisiones en el momento adecuado,

Lo que decides tomar, lo que decides dejar,

Empezar a sentir

Que dices lo que tienes que decir, pero que…

Esa sabiduría, esa intuición,

Siempre estuvo ahí.

Que lo único errado que hiciste en tu vida,

Lo único,

Fue no dejarla salir

Sigo caminando, y entonces encuentro una especie de bellota en el suelo, más pequeña y redondita.

Espera –me digo a mí misma– ¿Esto no será una avellana? Lo que pasa es que nunca la había visto una recién caída del árbol y con la rama y su hojita.

La pruebo, empiezo a recoger algunas y mientras las paso de una mano a la otra, haciendo el mismo sonido relajante que un palo de lluvia, pienso…

Sentirte avellana

Acariciar las paredes de la antigua iglesia,

En busca de quiastolitas

Descubrir avellanas,

Tan pequeñitas,

En el suelo,

Que las puedes con los dientes partir,

Yo quiero vivir así.

Descubrir en el suelo un racimo de avellanas,

Sentir su origen,

No de una bolsa plástica,

Sino de una rama.

Apreciar el micro cosmos de la avellana

Tocar su piel, su fruto, sus venas,

Su composición sana.

Que ella, como un embrión, emana de su cascarón,

Nace, crece y vuelve a la tierra, sin mayor complicación

Y sentirte avellana,

Que por muy pequeña que sea,

la cáscara del universo

te protege.

Ante todo,

Ante la nada.

Y de nuevo

Sentirte avellana

¡Qué bucólico! ¡qué bonito! demasiado ¿no?

NO.

También hay riñas, piques y discusiones en una pacífica cabaña en la montaña.

Pero Myriam, con su magia, te canta al oído, te susurra y sopla, te pone una mano en la espalda, otra sobre el corazón. Y, con sus susurros:
-Ábrete y recuerda… –te calma.

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Las crónicas de Navia. En busca de las quiastolitas perdidas.

Me voy con Abi a buscar quiastolitas.

Al parecer habían utilizado estas piedras en la construcción de la iglesia que estaba al lado de la cabaña.

Si bien las había intentado identificar esa mañana durante mi paseo, no las llegué a encontrar.

Tenía ganas de saber cómo era esa piedra. Dice Myriam que sólo afloran en dos sitios en todo el planeta, uno era la Patagonia, otro allí, en la sierra de la Bobia.

Se caracterizan porque tienen una forma de florecita con cuatro pétalos por fuera y otra más pequeña en su interior.

Abi sabía distinguirlas muy bien. Así que nos pusimos él, Coti y yo a buscar por el suelo. Como él ya había encontrado varias, me decía:

-Esta para ti. Y esta también

-Gracias Abi, pero guárdala para ti

-No, es tuya.

-Bueno, pues gracias… ¿Mira, esta es una quiastolita también?

-Sí, creo que sí, pero si no, le preguntamos a mami

¡Qué ternura de criatura!

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Preparamos la comida para marcharnos a hacer nuestra pequeña excursión-ritual de hoy.

Como siempre, viajábamos detrás de la furgoneta blanca de Myriam, que parecía de película, Abi asomando su cabecita y brazos por la ventana para comprobar que los seguíamos, ondeando su pelo rubio al viento.

En cierto momento nos paramos a recoger madroños, ¡eran de mi color favorito!

Lástima que a estas alturas ya no me quedase batería en cámara ni móvil para hacer fotografías, y tampoco había en la cabaña electricidad para cargar.

Se me dio por encender una varilla de incienso de flores que había comprado la semana anterior. Al volver al coche tras recoger los madroños, como al entrar se aprecia más la diferencia de aroma, dice una de las chicas:

-¡Ahora sí que se nota el aroma a incienso! ¡Parece el coche del yoga!

Jajaja, “el coche del yoga”, ¡qué gracia!

Llegamos al río Navia ¡¡Qué sitio tan precioso!!

El agua del lago era verde cristalina, había un paseo al lado y kayaks a los que Abi se estaba muriendo por subir.

Dejamos las cosas de comer en una mesita de piedra y nos dirigimos a la cascada, subiendo el río, no sin antes (al menos yo) probar el agua. Con la pinta que tenía… ¡¡me apetecía probarla ya!!

Me lancé al lago y salí corriendo para no perder la pista de las demás. Subimos por las piedras, río arriba, hasta llegar a una zona muy acogedora, donde había de nuevo arena, piedras muy bonitas y el refrescante sonido de la cascada de al lado.

Allí hicimos la meditación del dragón, en donde imaginábamos que respirábamos aire dorado que nos cargaba de energía. Preciosa también.

Al terminar, Myriam apagó como era lo habitual su palo de santo. Entonces, le pregunté si me podía hacer con la cenicita una marca en la frente, como las indias.

-¡Gracias! –le digo.

Mientras recoge sus pequeños símbolos para la meditación, le pregunto:

-Y esa pluma, ¿de qué ave es?

-De gavilán.

-Jo, qué guay… ¡Yo quisiera tener una pluma de águila!

-Pues pídela al universo…

Entonces, igual que la noche anterior con el lobo, invoqué a un águila para mis adentros.

Myriam sigue recogiendo sus piedras, mientras yo encuentro por la arena algunas muy bonitas que pienso llevar para mi colección de piedras de sitios naturales y volcanes.

-Toma, esta es para ti, me dice, dándome una piedrecita toda blanca blanca.

-Anda, pues mira –le digo– me viene ideal, ¡mira qué bien queda entre mi grupo de piedras! (casualmente las que había cogido eran todas grisáceas y negras).

-¿Queréis sentir el rayo dorado? -Nos pregunta al disponerse a guardar su preciosa piedra escarchada de color oro.

Nos la pasa, colocándola suavemente entre nuestras manos, y poniendo las suyas encima.

Sigo buscando piedras y en esto que veo una más alargada, grisácea… con forma de ala.

-¡Hala! Digo yo, tú tienes tu rayo dorado, y yo¡mi pluma plateada!

Tenías razón Myriam, ¡tenía que pedir una pluma para que me llegara! Jajaja. Espera un momento, ¿puedo añadir algo a la meditación? –Le pregunto.

Cogí piedrecitas grises del mismo mineral que mi “pluma plateada”, y dando una a cada una de mis compañeras, en la palma de la mano, les decía:

-“Que ante los momentos de debilidad y temor, que esta piedra te recuerde tus magníficas alas plateadas. Vuela a por tus sueños… VUELA”.

Terminamos de recoger y, mientras algunas compañeras comienzan a bajar hacia la mesa donde habíamos dejado la comida, algunas nos quedamos disfrutando de la tranquilidad de la zona y del sonido del agua de la montaña, metiéndonos después bajo los potentes chorros de la cascada. Proporcionaba una sensación de purificación espectacular.

Por fin bajamos a comer.

Ana me explica la receta de “la Tortiguesa”…

-¿Y quién es esa? ¿Una tortilla española? ¿…francesa?

“Lo primero que tienes que hacer es pedir a tu carnicero de confianza que pique bien toda la carne” me explica.

Le echas un poquito de perejil, ajo, jamón, todo muy bien picado. Pan rallado y un chorrito de leche o bien de vino blanco. A continuación los huevos batidos, sal, pimienta y kibe.

Lo mezclas todo muy bien. Y entonces haces como una tortilla, la aplastas toda en la sartén y le das la vuelta. En otra sartén preparas la cebolla pochada, y cuando está lista, se la echas por encima a la tortiguesa.

Eso tenía (y sobre todo con la cebolla pochada) ¡una pinta fenomenal!

Entonces hablamos de comida sana, de la que no lo es tanto… y de algo que me encanta (aunque a veces no tanto), EL MARKETING:

Contaba Ana, que tuvo una campaña Petit Suisse en la que decían que dos Petit Suisse al día equivalían a un bistec. Tanto funcionó que oías a la gente decir:

“Yo a mis hijos les pongo macarrones, dos Petit Suisse… ¡y ya tienen el filete tomao!”

En esto que salta Abi:

El Petit Suisse sabe mal, tiene mucha quinina… (¡qué tierno!, quería decir química)

Y cogiendo avellanas que había en una bolsita de no sé qué supermercado, me vuelve a sorprender con su selecto criterio cuando dice que le saben mal. Y es que no le gustaban porque está acostumbrado a las naturales, a las del árbol, de haber probado las de verdad!!

Yo mientras, escribe que te escribe en mi agenda.

-¿Pero sigues escribiendo?? Me preguntan- 50 libros después…

-¿Y cómo le vas a poner de título? ¿Las crónicas de Narnia?

No… las crónicas de Narnia no… ¡pero las crónicas de Navia podría ser!

Nos vamos a continuación a pintarnos con arcilla.

-¡Hay que buscar un sitio donde no nos vea nadie!

-¿Y si vamos a los dólmenes que hay de camino a la cabaña?

-Molaría, ¡¡sería muy mágico!!

-Claro… Pero si lo hacemos en los dólmenes, no tenemos río donde bañarnos, ¡e imaginaos después cómo le quedaría el coche a mi padre del barro!

-¡No pasa nada! -salta Karol- Después le cantas a tu padre una canción de Myriam –y añade, cantando- “Soy mujer de aireeeee, soy mujer de tierraaaaaa”

-Jajajaja, sí, seguro que lo entiende y todo.

Me hacía gracia Abi. Su madre cantaba:

– Soy mujer sagrada, soy mujer divina…

Y él acompañándola, todo dulce a su lado:

-Soy mujer sagrada, soy mujer divina, ¡¡qué cosita tierna!!

 

Nos empezamos a pintar, haciéndonos dibujos con arcilla y decorándonos con hojas y florecitas… ¡quedábamos preciosas!

Se escucha un ruido como de una barquita.

-¡Mimá! ¿y si nos pasa la guardia civil por el río? ¿Pintadas con arcilla flores y hierbas?

-Les decimos“¡Somos las hadas del bosque!”

Jajajajaja.

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Amanecer de luna

¿Habéis visto alguna vez un amanecer de luna?

Al llegar del río, me fui a ver las estrellas corriendo antes de que saliese la luna, sino después con su luz no se aprencian.

Así que me escapé al rincón que había encontrado por la mañana en el avellanero, justo entre la iglesia y el cementerio.

Tras un rato, me vuelvo para cenar, y en esto que…

Justo subiendo las escaleras de la iglesia, descubro que por la montaña, por donde sale el sol y la luna, empieza a verse un resplandor.

Me voy entonces al mirador para poder apreciar mejor… el amanecer de luna. ¿Lo habéis visto alguna vez? Es difícil verlo, incluso en el campo, hace falta que no te tape el horizonte ningún árbol, casas, y por supuesto que no haya contaminación lumínica.

Además parecía tal cual un nacimiento, las curvas de las montañas como si se tratase de las rodillas de una mujer dando a luz.

Escucho a Myriam:

-¡Chicas! ¡Mirad quién está ahí! – dice para que salgan a ver la luna.

Entonces subo hacia la cabaña, me pongo a su lado contemplando el escenario, y empieza a cantar, a cantar mi canción favorita, que dice…

Luna, madre luna,

Te espero al anochecer

Con tu suave luz,

Entra dentro de mi ser

Y dime, con tu magia,

Lo que hoy debo saber.

Se me empiezan a humedecer los ojos…

-Debo ir a vigilar la cena que está al fuego -dice Myriam.

Así que bajo de nuevo a la iglesia, al rincón más oscuro, donde ninguna luz me restase visibilidad del cielo y de la luz de la luna.

Me siento en las escaleras donde está el cerezo, entre la iglesia y el cementerio… y me empiezan a rodar las lágrimas. Quería cantar la canción, pero no podía.

Durante una hora, allí sentada, lo intenté, pero cada vez que llegaba a la segunda frase, no hacía más que llorar de la emoción “con tu luz, entra dentro de mi ser”…

Entonces pensé que había nacido de noche, un lunes, día de la luna. Quizás mi nombre, Lucía, no viene realmente de la luz del sol, sino de la luz de la luna… para iluminar entre sombras y zonas oscuras…

Tenía ganas de coger el saco e irme a pasar la noche allí, durmiendo bajo la luna, como reconectándome con ella. Como si fuese una madre a la que volvía, después de tantos años lejos de ella.

Entonces descubrí un buen asiento entre los peldaños y me acurruqué. Y allí lloré, lloré… y lloré.

Cuando vuelvo a la cabaña, sin ganas de hablar con nadie, disfrutando de esa paz en mi interior, me pongo a cocinar.

-¿Hoy qué? ¡Cenas estrellas!-exclama una compañera.

-Sí, más bien… ¡ceno luna!

Abi te estuvo buscando a diestro y siniestro para ir a ver las estrellas contigo… ahora ya está durmiendo.

El silencio del árbol.

El lunes debíamos venirnos de vuelta.

Después de llevar rato descansando y ver que no me daba pasado el dolor de cabeza que me había entrado, hablo con Myriam, contándole también la experiencia de la noche anterior.

-Anoche…

-Es normal –me dice cuando termino de contarle. Estás volviendo a casa…

-…¿a Pontevedra, quieres decir?

-No… -y mira por la ventana, en dirección a la luna.

Myriam se refería al hogar de nuestro ser espiritual.

La verdad es que había sentido una conexión como nunca antes ese fin de semana, que nunca había sentido, sin móviles, sin ninguna preocupación de fuera, sin nada. Y por una vez sentía que eso era yo, esa esencia del Universo, esa parte de Dios.

Entonces le dije lo que sentía, lo que pensaba, que los médicos no hacen más que darte pastillas cuando estás deprimida, pero tú sabes que hay algo más, algo más que comer, dormir y trabajar. Los complejos que te crea la sociedad, si vas sin pendientes pulsera y collar, por poner un ejemplo, como si vas sin maquillar.

-No te hacen falta complementos -me dice Myriam- tú ya vas vestida con tus pendientes de estrella y tu collar de Luna.

Le conté también que cuando estaba allí con Abi, buscando quiastolitas, había recordado que de pequeña soñaba con ser arqueóloga, descubrir cosas. Y también con ser astronauta, y volar.

De pequeños sabemos lo que queremos ser, pero luego lo olvidamos.

Me dijo que buscase la naturaleza, que pasase tiempo en ella, que me reconectara, que buscase un árbol, me sentase de espaldas, hiciese silencio y escuchara, que escuchara todo lo que el árbol me podía contar. Y entregarle a él todo el dolor, toda la ansiedad y, con las manos en el suelo, vaciar. Que escogiera un árbol, y después esa sensación, ese vibrar, lo podría retomar cerrando los ojos, en cualquier lugar, aunque estuviese en la ciudad, como si cogía para inspirarme el árbol de la peli de Avatar.

Antes de marcharnos, disfruto de los últimos momentos con Abi, recogiendo más avellanas y poniendo a secar al sol varios quilos de castañas qué el solito había recolectado (es la alegría de la huerta, ¡literalmente!)

Se va una rodando cuesta abajo:

-¡Que se me escapa la castaña!!

Y volvemos a la cabaña…

¿Quieres una mora Abi? Le digo recogiendo una de un arbusto pegado al jardín.

-No… que está contaminada por el humo del tractor.

De verdad, con cada comentario suyo me impresionaba más. Moras del pleno corazón de la montaña pero para él, contaminadas.

Y a los cinco minutos, un detalle que me marcó fue cuando lo veo llegar del jardín con un paquete de tabaco que imagino se habría encontrado por allí tirado. Todo contento y feliz exclama:

-¡Mira qué tengo!

Estoy a punto de decirle:

-Deja eso Abi, caca.

Cuando suelta todo feliz:

-¡He recogido hojas de albahaca!

De nuevo, es un niño mágico. Y su mirada refleja el cariño y amor con el que es criado.

Me costó despedirme de ellos, y es que nunca conocí a dos seres tan mágicos y especiales. Eran como de cuento de hadas, pero REALES…

 

El guardián de la furgoneta roja

Emprendemos nuestro camino de vuelta a casa, atravesando la Sierra de la Bobia.

Como todavía me encontraba algo mal, llevaba el coche una compañera.

Al pasar la frontera entre Lugo y Asturias, hago gestos con la mano a Lúa para que vaya más despacio. Detiene entonces el coche, pero sin apagar el motor.

Esperamos unos minutos y cuando va a poner primera, no avanza el coche.

-No va.

-¿Cómo que no va?

-Déjame probar.

-Me pongo en el asiento del conductor y arranca, pero Lúa aconseja pararlo un rato.

Salimos todas del coche y una empieza ya:

-¿Y ahora qué hacemos si no arranca? Yo tengo que estar en casa para cenar ¿Tiene seguro? Porque a mí me pasó…

-Mira, si el coche no va… CUANDO NO VAYA ¡ya veremos qué hacer!

Estábamos sentadas en el borde del arcén y como tenía pinta de ir la cosa para largo, me dispuse a abrir mi piña en almíbar enlatada.

-Podemos hacer un ritual ya que estamos así sentadas -dice Karol- ¡el ritual del dragón!

-Jajajaja

-¿Sabéis qué os digo?

-…

-¡Abrid la tienda de campaña!

En esto que vemos a Lúa hacer gestos como si estuviese pidiendo auxilio.

-¿Pero qué haces? ¡¡Para!!

Lo que paró fue una furgoneta. Roja de mete miedo. Pero tuvimos suerte…

Su conductor sabía más (al menos más que nosotras), y nos recomendó ver el manual para averiguar el motivo del humo que salía del capó ¡¡Mimá!! ¡¡Mimá!!!!!!!!!!!!

Esperamos un poco a que estuviera el depósito más frío y le echamos agua. Después, continuamos la vuelta, detrás del señor de la furgoneta roja, que resultó ser artista escultor, y hacía el mismo camino…. haciéndonos de guardián.

Dejad que las mujeres gobiernen el mundo

Con la realidad te vas a dar de bruces
si piensas que un euro es mejor que un detalle,
porque una ventana que da a un patio luces
puede brillar más que una que da a la calle.

Y ahora vete en busca de aquella cartera
que sostenga tus tratamientos de belleza, mientras tengas,
porque sabrás que eso no dura eternamente,
amiga mía.”

Esta fue la letra de una canción que me encantó cuando volvíamos en el coche. De repente, me sorprende de nuevo Karol con una de sus historias.

-Yo, a los 18, sabía cuándo me iba a casar. Siempre supe que iba a tener un varón y una mujer. Cuando conocí a mi marido le dije: “Te estuve esperando”. Y cuando estaba embarazada, con un mes, me paré en un escaparate un vestidito de niña me llamó la atención. Mi suegra me decía:

-¡Pero si no sabes aún lo que es!

– A lo que yo contestaba: Sí lo sé…

Eso es intuir…y así fue.

Pero ya no porque acertara o no. Por esa intuición es por la que digo yo: Dejad que las mujeres gobiernen el mundo.

Y es oyendo a Karol, te das cuenta de que es una madre, amiga y esposa fenomenal.

Dice que pasa de dar consejos y prefiere ser ella ejemplo. Que cuando llegó de Venezuela, estaba muy mal, muy triste. Entonces se fue al médico y este le dijo que tenía depresión y que tomase una pastilla por la mañana y otra por la noche.

-Yo no quise tomar pastillas, vamos… ¡ni las compré! -Narra con su simpático acento-

Yo a la mañana siguiente abrí las ventanas que entraba el sol, me puse mi música, me fui a pasear a los árboles y ya se me pasó todo… y sin pastillas… Y vas al colegio y todas ayyy ayy con cara de amargadas y yo llego allí y me preguntan extrañadas ¿¿y esa alegría?? Pero yo no doy consejos, ¡¡a menos que me pregunten!!

Además de eso, la relación con su marido es fenomenal:

Se va todo el fin de semana y éste le dice:

-¡Disfruta!

En vez de:

-¿Y cúando vas a llegar?

Del mismo modo, ella lo deja libre, cuando sale no lo llama para preguntarle como una desquiciada:

-¿A qué hora estás para cenar???

Y en cuanto a sus lecciones maternales… ¡me escarallo!

Hablando con Myriam sobre el peligro de los niños con las alturas, cuenta:

-Yo para que no se asomara a la ventana mi niña, como vivimos en un tercero, pues cogí una bolsa de huevos, la tiré por la ventana y le digo:

-¿Ves? Esto es lo que te va a pasar si te asomas…

-Jajajajajajajaja –yo me escarallaba. Y Karol continuaba, llena de razón.

-Hombre claro, ¿Qué le voy a decíh? ¿Ay Cotita no te asomeh que te vas a hacer pupita?

Jajaja

Conclusión

Con una mano en el corazón y otra en la tierra os digo: Esto… lo llevamos todos dentro…

No se trata de creencia o personalidad. La espiritualidad es una parte nuestra y no la podemos negar.

Tan cierto como que tenemos un cuerpo. Otra cosa es que por cultura, hábitos, educación etc. no la hayamos llegado a desarrollar. O a ser conscientes.

Nuestra labor es quizás enseñar esta posibilidad, de que se puede ser feliz, que no hace falta nada más, que un simple hecho como ver la luna llena, te puede hacer sentir feliz, PLENA…

*Sigo sin saber muy bien Quién es Lucía Lourido, pero lo que sí sé, es que este viaje me ha dado una par de pistas buenas…

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